El día anterior habíamos decidido almorzar matambre a la pizza. En el día hemos hecho lo siguiente: ir al súper, hacer las compras, llegar a casa, precalentar la parrilla. Un día de sol pleno, nos acomodamos debajo de un árbol de buena sombra. A último momento, se une uno más para el asado. Poner ambos cortes a la parrilla, picar y saltear locote con cebolla. He olvidado mirar a qué hora había puesto el matambre, sólo revisando visualmente podría saber cuán cocinada estaba. Comprobar la cocción, voltear ambos cortes, tomar varias rondas de tereré, echar el salteado y la salsa napolitana sobre el matambre, picar bien fino cebollita de verdeo, servir algunos chorizos para calmar la ansiedad, beber cerveza bien fría, revisar la cocción, poner abundante queso muzzarella, tapar la parrilla para producir efecto horno, levantar la tapa, retirar el matambre y sobre ello esparcir la cebollita picada.
Poner sillas y mesa bajo la misma sombra. El calor arreciaba, mas el tereré y la cerveza ayudaban a refrescarse. Servir la carne, cortar y comer hasta llenarse. El perro nos miraba atento, esperando alguna invitación. Le dimos de comer un poco y quedó contento, disfrutando su pertenencia al grupo. Respiro hondo y recupero la noción del tiempo. Qué alegría, pienso y siento. Seguimos conversando y bebiendo cerveza, hasta que empezamos a limpiar y ordenar todo para dejarlo tal como estaba antes. Ya terminado todo, sentía la satisfacción del deber cumplido.
Después de todo esto, pensé lo siguiente:
Ante la ausencia de indicadores cuantitativos, como el tiempo de cocción, hay que apelar a indicadores cualitativos, como el aspecto de cocción. Confieso que me gusta más el empirismo que el racionalismo. Es más práctico y realista, contra lo abstracto e (ingenuamente) idealista de lo segundo.
La felicidad es cosa seria para supeditarla a caprichos instantáneos. No se la encuentra directamente, sino mediante el esfuerzo constante.